
ENLACES DE INTERÉS

En lo alto de la montaña se hallaba, sin salida alguna, pero sintiéndose victorioso de tan increíble gesta. Éste, sabedor de su inmediato destino, dirigió la mirada al frente, a la inmensidad de la noche. Al mismo tiempo, con las retinas de color parejo a lo que le rodeaba, comenzó a acatar lo que se le venía encima. Cruel destino, la vida le había negado.
En un intento de recordar algo antes de lo inevitable, algo que le acompañara hacia la posteridad, lo más maravilloso de su vida, cerró los ojos, pues sólo así podría divisar tan esplendida armonía. Ya, no la volvería a palpar.
Me habitan gatos. Se deslizan por el espacio que dejan mis huesos y dejan pelo, rastros, los diminutos bichitos que los habitan. No paran de olfatearlo todo, y por eso a veces me quedo quieto -de repente- o doy un salto mortal: para afrontar sus bigotillos contra mis pulmones, contra el páncreas o el corazón.

No soy un hombre bueno. Eso he de reconocerlo. Cometí fallos, nunca malintencionados, pero he hecho daño a gente a la que quería. Siempre me he considerado un criminal. Primeramente, por el hecho de importunar a los demás con mi simple existencia. Por otro lado, por imponerme yo mismo la vida. Sin embargo, en mi defensa, he de aclarar algo: no vivo por mí, sino por los demás, ya que la existencia de otros me condicionan. Tal vez eso explique de algún modo mis tendencias misantrópicas.
Hace un tiempo, un mes más o menos, me fui a un centro comercial, Airesur, con una de mis hermanas, Cristina. Mientras ella estaba haciendo su deporte favorito (probarse ropa), me quedé embobado con algo. En este punto, pensarás que se trata de una mujer y, si hubiera sido así sería alguien de entre cuarenta y cincuenta años; de cabello castaño, ese tipo de pelo que recoge lo mejor del azabache, su fuerza, y del rubio, su luz; con las manos algo envejecidas denotando el rumor de haber acariciado otros cuerpos y lavado platos visibles e invisibles; unos tobillos, poesía erótica del romanticismo; y una mirada que derrama inteligencia y ternura. Pero no, la forma verbal elegida, el condicional, la que hecha por tierra la teoría del destino escrito, te habrá hecho ver que, en este caso, no hay tintes sexuales.
Desde que la temblorosa patera hubo embarcado en la playa de Fuertesoplido, un universo interior y personal, ocupaba a pasos agigantados, remotos lugares en su corazón vacío...
La mañana era sin duda la parte del día que más le gustaba a Raquel: sentir la suave y casi fresca brisa que la acariciaba por encima de las dunas le resultaba verdaderamente agradable. El resto del día en el desierto malagueño, acompañada por una escolta de guías galopando sobre meharis, más le parecía un paseo por el infierno que una expedición arqueológica. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no miraba por la ventana. Lo cierto es que no había tenido estos días muchas ganas de hacerlo. Por otro lado, vivía en un cuarto, por lo que rara vez los ruidos de la calle llamaban su atención. Para él abrir la ventana fue un auténtico alivio. Aire al fin en sus pulmones. Llevaba dos semanas mal viviendo y durmiendo en el comedor de su propia casa, sin abrir ventanas ni puertas.
El comedor apestaba, aunque no tanto como él. Por otro lado, aparte del olor a humanidad, también había un olor extraño proveniente del televisor. La caja tonta lo ayudó a pensar en otra cosa durante mucho tiempo, pero ya no valía de nada. Es como una canción de estas típicas del verano: cuando te hartas de ella te deja de gustar y acabas aborreciéndola. Eso fue precisamente lo que le ha ocurrido hace unos instantes con la televisión.
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